El periodismo es el arte de escribir detrás de los anuncios. La música también.

El célebre Mark Twain sintetizó muy bien uno de los principales problema del periodismo desde sus orígenes en la frase “el periodismo es el arte de escribir detrás de los anuncios”.

Pero lo que no pudo preveer Twain es los niveles de mercantilización y esponsorización a los que se ha llegado en cualquier actividad relacionada con la cultura. Teatros, salas de conciertos o festivales de música son rebautizados con nombres de marcas o productos comerciales. Y si el grupo británico Sigue Sigue Sputnik intentó epatarnos con publicidad en su álbum de 1986 Flaunt it, ahora ese bombardeo es el día a día del cualquier usuario de Youtube o de la tarifa gratuita de Spotify. Es imposible disfrutar de cultura sin anuncios porque es imposible que la gente se plantee pagar otra cosa que su ADSL o smartphone. Y a nadie parece importarle demasiado.

En el reciente ensayo #Gorrones – Cómo nuestro insaciable apetito de contenidos gratis en internet empobrece la creatividad  el autor Chris Ruen refleja como las antes polémicas relaciones entre bandas de música y multinacionales ya han dejado de tener sentido, ni siquiera en las escenas más alternativas o underground. Las y los fans entienden que, al consumirse música a través de internet y no de soportes físicos, los artistas tienen que cuadrar las cuentas de algún modo. El año en el que el punk explotó se data en 1991, entre otras razones porque The Clash autorizaron el uso de Should i stay or should i go para un anuncio de vaqueros. Hasta llegar al 2015 con unos putefractos Sex Pistols prestándose a hacer publicidad de una tarjeta de crédito.

No sólo los punks han arrastrado su nombre por algo de dinero. Una de las campañas más incomprensibles de la historia fue la protagonizada por Bob Dylan, que en el 2004 decidió tener unos ingresos extra anunciando lencería de la marca Victoria’s Secret. Por estos lares, en cambio, es habitual ver a distintos autores participando en anuncios de Mahou o Banco de Sabadell, por recordar dos ejemplos bien conocidos.

Pero afortunadamente no todos los artistas entras en el juego. Pablo Und Destruktion se ha enfrentado a gigantes como Atresmedia y la SGAE ya que se niega a que sus canciones se usen para publicitar series. En sus propias palabras

Yo entendí que se iba a llegar a una solución rápida, y hasta lo publiqué en Facebook; entiendo que los malentendidos están a la orden del día y no iba a ser yo quien no tuviera voluntad de concordia. Para mí la solución era un pago razonable (y ese no ha sido el problema) y una explicación, una reparación del daño al honor que era el punto fundamental. Porque ni por todo el oro del mundo yo puedo darles vía libre para que hagan lo que quieran con mis canciones en productos audiovisuales que están cargados de ideología.

Hasta que llegamos al caso de Seward, que ha tenido su enésimo conflicto por no querer tocar detrás de los anuncios, parafraseando a Mark Twain. Hoy publicaban en redes sociales:

¿Cómo que Música a la Botiga con Torres? ¿Es una broma? ¿Acaso os vais a molestar en preguntarnos si queremos tocar para una marca? Nosotros fuimos a la tienda y, cara a cara, voluntariamente, pedimos una fecha para celebrar la salida de nuestro disco en Europa con nuestro público en vuestra tienda y no para tocar GRATIS en un ciclo organizado por una marca. ¡Pero qué es esto! Esperamos que rectifiquéis, pidáis perdón públicamente o, en el más improbable de los casos, nos ofrezcáis un caché a la altura de una situación tan insultante como esta, como justamente se hace en publicidad, cine y demás ámbitos. Es hora de que las marcas dejen de gobernar la cultura de Barcelona. Estamos hartos de que nos traten como aficionados. Saludos cordiales.

Queda la duda de si más artistas y grupos se van a sumar a la lucha contra la mercantilización de todos los aspectos de nuestras vidas o bien si van a mirar para otro lado. Pronto lo sabremos.

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Acerca de David García Aristegui

David García Aristegui nació en 1974 y es Licenciado en Ciencias Químicas (Bioquímica) por la Universidad Complutense de Madrid. Publicó el libro ¿Por qué Marx no habló de copyright? (Enclave de Libros) en 2014, y desde entonces desgrana sus pensamientos a través de sus ya habituales artículos críticos en varios medios de comunicación. Destaca entre sus textos el capítulo sobre SGAE en CT o la Cultura de la Transición (DeBolsillo, 2012) o el prólogo para Criminales del copyright (Hoja de Lata, 2014). Fue el creador de uno de los pocos programas dedicados en exclusiva a la propiedad intelectual, Comunes. Actualmente imparte la asignatura de Propiedad Intelectual en el Grado de Creación Musical en la Universidad Europea de Madrid; colabora en Barrio Canino, realizado desde Ágora Sol Radio, y con los colectivos Ciencia Para el Pueblo y la Unión de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. Su último trabajo ha sido el autoeditado Sin mono azul. Breve historia del sindicalismo en el trabajo cultural (1899-2015) y en el 2017 se publica, junto a Ainara LeGardon, SGAE: el monopolio en decadencia.
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