El fetichismo de la democracia

Desde su origen la nueva política se ha entendido a sí misma como la superación de las supuestas taras que aquejan a la izquierda: inoperancia, ombliguismo, luchas cainitas y, en definitiva, desconexión de los problemas de “la gente”. La idea es que el posicionarse explícitamente como de izquierdas no es más que una manera de apuntalar el sistema, ya que en realidad se está adoptando un posicionamiento político autolimitado y estéril.

Donde la política y la cultura la de izquierdas empujan a la marginalidad  y a posiciones subalternas, la nueva política ofrece el ocupar un espacio privilegiado en tertulias y un amplio abanico de programas en prime time. El espectáculo se ha vuelto revolucionario y el trabajo de base ya parece casi contraproducente. Y es que estábamos totalmente equivocados, el problema de la izquierda no era la desarticulación y el ataque sistemático a los sindicatos, la ocultación constante de la lucha de clases o el triunfo del relato neoliberal en dos sabores: emprendizaje para lo que antes se llamaba derecha y cooperativismo para lo que antes se llamaba izquierda. El problema era, y no nos dábamos cuenta, que no queríamos ganar. Los mediáticos desahucios se “ganan”, los EREs ya tal.

En el reality show en el que se ha convertido la política en este país sólo de habla de ganar. Ganar, ganar y ganar. Ganar pero… ¿para qué? Puede que los hipsters del activismo tengamos serias taras y nuestras patologías políticas (cosillas como querer hablar explícitamente de lucha de clases o de, glups, capitalismo) nos separen de manera constante del resto de los mortales. Que deberíamos, como propone Santiago Alba Rico en un medio que hizo un ERE absolutamente asqueroso y suponemos que sin cobrar (el nuevo periodismo, ya se sabe) ver que no hay que empeñarse “en ser ‘de izquierdas’ en un momento en el que sólo se nos reclama un poco de buen oído y un poco de buen juicio”.

Es una idea muy sugerente, el problema es que, en mi experiencia personal, los conflictos políticos de calado que he vivido no los he elegido yo. Me ha tocado vivirlos y no precisamente en condiciones para “ganar”. Despidos, represión sindical, torturas en prisión, cierres de periódicos como Egin o Egunkaria, agresiones de la extrema derecha y la policía, montajes, reformas laborales… son episodios en los que, sinceramente, no sé que sería en la práctica tener “buen oído” o “buen juicio”. Supongo que evitarlos cuidadosamente: no hay nada más  denostado que el sindicalismo, el antifascismo, la denuncia de las torturas o el recordar la incómoda realidad que la población reclusa casi se ha cuadruplicado desde la aprobación del Código Penal de la democracia. Sí, sí, ese que votaron PSOE y la IU de Anguita… No son conflictos para ganar, no. Son conflictos en los que mucha gente se dejó, a veces literalmente, la vida, sabiendo que no había ninguna posibilidad de rentabilizarlos políticamente. Por eso a lo mejor en esos conflictos nunca se vió a toda la cantera de la nueva política y sus palmeros.

El creer que es posible conseguir cambios políticos de calado sin programa, sin ideología pero con “buen oído” y “buen juicio” se trata, básicamente, de un mito. Un mito discretamente celebrado por la derecha y a quien ostenta y ejerce el poder. En realidad, la mercantilización de la política es totalmente funcional al estadío actual en el que está la lucha de clases. Donde esté una buena tertulia y un buen Community Manager que se quiten los conflictos laborales y esa pesadilla triste, heteronormativa y patriarcal que son los sindicalistas… ¡¡¡que ni siquiera entienden la Renta Básica!!! Los partidos políticos clásicos sólo están preocupados porque van a perder su cuota de poder, no porque piensen que se avecinen cambios políticos importantes. O si no que se lo digan al PSOE cuando pacta con Podemos o el tinglado municipalista de turno.

El caso de Podemos y los municipalismos es muy significativo para entender las limitaciones del proyecto político en ciernes. En rigor, es la nueva política la que está rescatando al capitalismo de su descomposición, y no a la inversa. Aún más, el supuesto proyecto de democratización que está emergiendo no es más que el plan B de la derecha para la clase media sociológica: hablemos de corrupción, democracia y cambio, y olvidemos (ocultemos) el debate sobre el capitalismo, la lucha de clases y la revolución. Y hablemos preferentemente en tertulias ad hoc donde los nuevos políticos “ni de izquierdas ni de derechas”, educados, limpios y aseados hablen de la gente, de la ciudadanía, del 99% o cualquier otro eufemismo, y que no recuerde a todos y cada uno de los perdedores de la lucha de clases.

Para liderar un desafío al orden neoliberal global y proponer una mundialización diferente, más justa, democrática y próspera lo primero que hay que tener claro es contra qué se esta luchando. Porque puede que, al querer ganar, simplemente lo que se esté haciendo es apuntalar un sistema nada democrático y profundamente injusto, mientras se disparan las audiencias de los programas de La Sexta. Y es que estamos esperando que, en cualquier momento, Pablo Iglesias haga como Johnny Rotten en el último concierto de los Sex Pistols, y suelte muerto de risa… ¿nunca habeis tenido la sensación de que os han estado tomando el pelo?

Supongo que las nuevas generaciones de activistas alejadas de lo institucional nos juzgarán con mucha dureza. Será difícil explicarse cómo la explosión del 15M se degradó hasta límites insospechados por puro oportunismo político de manual. Cuando la lucha de clases vuelva a ser central en todos los conflictos políticos esta clase media política e institucional será recordada como una de las mayores estafas del siglo XXI.

Anuncios

Acerca de David García Aristegui

David García Aristegui nació en 1974 y es Licenciado en Ciencias Químicas (Bioquímica) por la Universidad Complutense de Madrid. Publicó el libro ¿Por qué Marx no habló de copyright? (Enclave de Libros) en 2014, y desde entonces desgrana sus pensamientos a través de sus ya habituales artículos críticos en varios medios de comunicación. Destaca entre sus textos el capítulo sobre SGAE en CT o la Cultura de la Transición (DeBolsillo, 2012) o el prólogo para Criminales del copyright (Hoja de Lata, 2014). Fue el creador de uno de los pocos programas dedicados en exclusiva a la propiedad intelectual, Comunes. Actualmente imparte la asignatura de Propiedad Intelectual en el Grado de Creación Musical en la Universidad Europea de Madrid; colabora en Barrio Canino, realizado desde Ágora Sol Radio, y con los colectivos Ciencia Para el Pueblo y la Unión de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. Su último trabajo ha sido el autoeditado Sin mono azul. Breve historia del sindicalismo en el trabajo cultural (1899-2015) y en el 2017 se publica, junto a Ainara LeGardon, SGAE: el monopolio en decadencia.
Esta entrada fue publicada en Textos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s