Miseria de la autoría

Fragmento de ¿Por qué Marx no habló de copyright?

Durante el siglo XX la tradición de la quema de libros regresó con fuerzas renovadas y sin hacer ascos a nuevos formatos y contenidos, como los discos de The Beatles (debido a que Lennon proclamó que eran “más famosos que Jesucristo”). Las hogueras de libros más sonadas fueron realizadas por los nazis en Bebelplatz del 10 de mayo de 1933 con el objetivo de acabar con el espíritu anti-alemán. Pocos años después el Comité de Actividades Antiamericanas creado por Joseph McCarthy hizo lo propio en EEUU entre 1950 y 1956. La destrucción y censura de libros inspiró al escritor Ray Bradbury para escribir su obra maestra Fahrenheit 451. La muerte de los libros no se produjo únicamente a causa del fuego, también a nivel académico se certificó su defunción. Marshall McLuhan vaticinó en La galaxia Gutenberg (1962) que el libro moriría en 1980 debido a la aparición de la televisión.

Unos años después del texto de McLuhan estallaron las revoluciones culturales y políticas de 1968. Eric J. Hobswam valoró en su texto “Mayo del 68” que estas revoluciones fueron, entre otras muchas cosas, un magnífico revulsivo para la industria editorial:

Probablemente no haya habido jamás ningún movimiento revolucionario protagonizado por un porcentaje mayor de personas que leen o escriben libros, por consiguiente, no es nada sorprendente que la industria editorial francesa se abalanzara para satisfacer una demanda aparentemente ilimitada. A finales de 1968 habían aparecido por lo menos cincuenta y ocho libros sobre los hechos de mayo.

Los protagonistas del 68 vieron cómo sus textos se convertían en auténticos best-sellers, lo que produjo a medio plazo situaciones editoriales algo pintorescas políticamente. Una de ellas fue la protagonizada por algunos de los integrantes de la Internacional Situacionista, un grupo de artistas e intelectuales anticapitalistas con participación activa en ocupaciones y enfrentamientos con la policía. La IS pasó de reivindicar el plagio y publicar sus revistas con una de las primeras licencias libres documentadas (“Tous les textes publiés dans ‘INTERNATIONALE SITUATIONNISTE’ peuvent être librement reproduits, traduits ou adaptés même sans indication d’origine”) a que su ex-líder, Guy Debord, viviera de los derechos de autor de sus obras hasta su suicidio en 1994.

Si McLuhan habló de la muerte del libro la posmodernidad contestó con la “literatura del agotamiento” (todas las historias ya estaban contadas) en un texto homónimo de John Barth, considerado el primer manifiesto posmoderno. En esas mismas fechas también aparece publicado el texto de Roland Barthes La muerte del autor, muy influyente en todas las corrientes críticas con la propiedad intelectual y, por razones obvias, con la crítica a la figura misma del autor:

Un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, un cuestionamiento; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino […] La crítica clásica no se ha ocupado del lector; para ella no hay en la literatura otro hombre que el que la escribe. Hoy en día estamos empezando a no caer en la trampa […] el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.

Michel Foucault dialogaría con las ideas de Barthes a través de la famosa conferencia ¿Qué es un autor? En este texto Foucault planteó la autoría como una estructura que funciona para disciplinar y limitar el significado de determinados textos y discursos:

Sería puro romanticismo imaginar una cultura en la que la ficción circulara en estado absolutamente libre, a disposición de cada cual, y se desarrollara sin atribución a una figura necesaria o coactiva. Desde el siglo XVIII, el autor ha jugado el papel de regulador de la ficción, papel característico de la era industrial y burguesa, de individualismo y propiedad privada. […] En este momento preciso en el que nuestra sociedad está en proceso de cambio, la función-autor va a desaparecer de un modo que permitirá una vez más a la ficción y a sus textos polisémicos funcionar de nuevo según otro modo, pero siempre según un sistema coactivo, que ya no será el del autor, pero que queda aún por determinar, o tal vez por experimentar.

Los movimientos críticos con la propiedad intelectual son herederos de estos autores y textos de finales de los 60 y principios de 70. Pero no todo el mundo se siente cómodo con esa herencia. Lawrence Lessig, muy crítico con los actuales modelos de copyright, reflejó en la introducción de su influyente libro del 2004 Cultura Libre:

El método que sigo no es el habitual en un profesor universitario. No quiero sumergirte en un argumento complejo, reforzado por referencias a oscuros teóricos franceses, por muy natural que eso se haya vuelto para la clase de bichos raros en la que nos hemos convertido.

Lessig critica a un grupo de autores relacionados con el posestructuralismo o la posmodernidad, cuyas ideas en EEUU se agrupan bajo el término de French Theory. Es el canon incluye a Foucault, Derrida, Barthes, Deleuze, Baudrillard, Lacan, Kristeva… todos muy influyentes en determinados campus de EEUU. Pero la adaptación de las ideas de este corpus teórico francés no se circunscribió únicamente al ámbito académico, ya que pronto se convirtió en referente de muchos de los movimientos políticos y contraculturales de los 70 y los 80 en EEUU. Sus influencias pueden trazarse también en las distopías de los textos cyberpunk, las Zonas Temporalmente Autónomas de Hakim Bey y en el primer movimiento hacker. Al evitar la French Theory, Lawrence Lessig representa una excepción entre los académicos de EEUU expertos en propiedad intelectual, ya que Roland Barthes y Michel Foucault, esos “oscuros teóricos franceses” según sus palabras, son autores de referencia y casi ineludibles en la defensa de la cultura libre.

El siglo de mayor desarrollo y expansión de la propiedad intelectual se cerró con el nacimiento de fuertes cuestionamientos desde la Academia. En el inicio de la posmodernidad las críticas a la propiedad intelectual dejaron de ser económicas (como el debate que se dio en EEUU sobre el copyright de autores extranjeros) para pasar a ser de corte filosófico, realizadas por académicos que, paradójicamente, vivían de su actividad como docentes y, además, percibían derechos de autor por sus obras. En su texto La lógica cultural del capitalismo tardío (1984) Fredric Jameson resumió estas nuevas turbulencias en torno a la cultura en la siguiente advertencia:

Toda postura ante la posmodernidad en la cultura —se trate de una apología o de una condena— también es, a la vez y necesariamente, una toma de postura implícita o explícitamente política ante la naturaleza del actual capitalismo multinacional.

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Acerca de David García Aristegui

David García Aristegui nació en 1974 y es Licenciado en Ciencias Químicas (Bioquímica) por la Universidad Complutense de Madrid. Publicó el libro ¿Por qué Marx no habló de copyright? (Enclave de Libros) en 2014, y desde entonces desgrana sus pensamientos a través de sus ya habituales artículos críticos en varios medios de comunicación. Destaca entre sus textos el capítulo sobre SGAE en CT o la Cultura de la Transición (DeBolsillo, 2012) o el prólogo para Criminales del copyright (Hoja de Lata, 2014). Fue el creador de uno de los pocos programas dedicados en exclusiva a la propiedad intelectual, Comunes. Actualmente imparte la asignatura de Propiedad Intelectual en el Grado de Creación Musical en la Universidad Europea de Madrid; colabora en Barrio Canino, realizado desde Ágora Sol Radio, y con los colectivos Ciencia Para el Pueblo y la Unión de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. Su último trabajo ha sido el autoeditado Sin mono azul. Breve historia del sindicalismo en el trabajo cultural (1899-2015) y en el 2017 se publica, junto a Ainara LeGardon, SGAE: el monopolio en decadencia.
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