Recepción en prensa

Os mostramos tres interesantes entrevistas que me han hecho con motivo de la publicación de ¿Por qué Marx no habló de copyright? en Playground, Eldiario.es y El Confidencial.

Crowdfundings, cultura libre y copyleft: ¿de verdad es este el futuro de la cultura?

Marx fue desahuciado y trató de vivir como periodista freelance. Si viviera hoy, ¿haría un crowdfunding para editar El Capital?

Por desgracia hubiese tenido que recurrir a un crowdfunding para publicarlo. Creo que Marx estaría de acuerdo en que existiesen los derechos de autor, aunque se opondría a su utilización para especular con ellos o para limitar la difusión de la cultura por intereses mercantiles. Era consciente de la dimensión social del trabajo cultural, pero este tenía que ser remunerado adecuadamente, sin caer en la idealización del autor romántico o genio creador.

¿Cuál es la discusión principal que debe afrontar la cultura libre? ¿Es la cultura libre en realidad un aliado del capitalismo?

¿La cultura libre está a favor o en contra de políticas públicas culturales?, ¿están a favor o en contra de anatemas para los liberales como son los sindicatos? La cultura libre jamás ha sido anticapitalista, aunque haya habido una enorme confusión en torno a este punto. ¿De qué anticapitalismo estamos hablando? La mayoría de la escena hacker asume punto por punto la Ideología Californiana, son antiestatalistas porque son emprendedores salidos de hacklabs y colectivos anti-SGAE. Eso no es anticapitalismo ni nada parecido. Si Lenin decía que socialismo es soviets más electricidad, la Ideología Californiana es neoliberalismo más ADSL.

“Los derechos de autor se diseñaron para remunerar a los autores, no para especular con ellos”

Usted es socio de la SGAE. ¿Por qué? ¿Ha intentado proponer desde dentro un cambio en el funcionamiento de la organización? ¿O es Cultura Libre un intento de cambiar las condiciones desde fuera?

¿Y por qué no voy a ser socio de la SGAE? Ni que fuera una organización o asociación ilegal. El discurso antiSGAE sin más matices me hastía profundamente, lo reconozco. A la SGAE desde Cultura Libre la denunciamos por el tema de los derechos pendientes de identificar por lo que no se nos puede acusar de ser tibios con la entidad.

Resumo el conflicto: la SGAE es rápida en recaudar pero mucho más lenta en repartir derechos, de hecho, no reparte lo que recauda por los artistas que no son socios de la entidad, algo muy sangrante. Hay que trabajar con un pie dentro y otro fuera de las entidades de gestión, como hace la mencionada Ainara LeGardon o más recientemente Sole de Le Parody, que explicó de manera brillante su entrada en la SGAE. Hace falta mucha más masa crítica para poder empezar a impulsar cambios en la entidad, a ver si la gente se conciencia más.

En el libro también se alude a la especulación con los derechos de autor. ¿Dónde está la línea divisoria a partir de la cual las retribuciones dejan de ser justas?

Esa línea siempre va a ser discutible y muy polémica. Por ello, es más necesario que nunca que las entidades de gestión se preocupen menos de recaudar y repartir y más de explicar, debatir y consensuar por qué se recauda y cómo se reparte. La imagen de las entidades de gestión y de los derechos de autor no puede ser peor, y de eso tienen la culpa los propios interesados por acciones incomprendidas e incomprensibles. Y que la cara visible en estos temas haya sido gente como Pedro Farré creo que explica muchas cosas. Pero, como reflejo en el libro, los derechos de autor se diseñaron para remunerar a los autores, no para especular con ellos como han hecho David Bowie o la SGAE. El problema es que los neoliberales aprovechan la polémica para intentar arrasar con la propiedad intelectual cuando esta molesta a sus nuevos modelos de negocio.

”Los derechos de autor no se venden, se defienden”. ¿Cómo? Si la respuesta es a través de los sindicatos, teniendo en cuenta como están los tradicionales, ¿sería con unos nuevos?

Hacen falta entes a caballo entre las entidades de gestión clásicas y los sindicatos tradicionales. Efectivamente, hay que crear nuevas instituciones o, si se quieren mantener las que hay ahora, cambiarlas de arriba a abajo. Por ejemplo, la SGAE debería dejar de ser un sindicato vertical como los del franquismo, donde coexistían patronos y trabajadores. De la SGAE deberían salir las editoriales, que tendrán intereses totalmente legítimos pero que, evidentemente, muchas veces van a chocar con los intereses de los autores.

Por otro lado, es imprescindible la formación a la gente que empieza su carrera artística sobre los contratos que se va a encontrar y las implicaciones que tienen en aspectos relacionados con la propiedad intelectual y ahí han hecho dejación de funciones tanto las entidades de gestión como los sindicatos. Que los sindicatos históricamente hayan rechazado en su seno a los autónomos ha sido un error tremendo que estamos pagando ahora. Los artistas han tenido un encaje imposible en los sindicatos por el tipo de actividad que han desarrollado. Esto hay que cambiarlo, hay que posibilitarles el aterrizaje. Y, en paralelo, crear un debate público sobre cómo remunerar adecuadamente a los creadores a través de unos derechos de autor razonados y razonables.

La versión punk de Teddy Bautista

“El Canon se fue de madre”, se refiere a los más de 100 millones de euros que se repartía anualmente entre todas las sociedades y que se ha quedado en 5 millones de euros tras la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual (LPI) y a coste de todos los españoles. “El parche del PP ha logrado que la compensación sea todavía mucho más indiscriminada, porque ahora va grabado a los Presupuestos Generales del Estado”. Avisa: el PP ha legislado en contra de Europa y todos estos años sin pagar los más de 100 millones “va a crear un agujero de deuda, quele tocará abonar al próximo”.

Entonces, ¿a favor o en contra del Canon? “No creo que un libro prestado en una biblioteca sea un libro menos vendido, pero también entiendo que tiene alguna repercusión sobre el mercado. Y que es muy difícil de cuantificar. Debe haber bibliotecas y copia privada, y una difusión de la cultura, pero también deben existir mecanismos de compensación razonables”. Quiere debatir, en España, sobre el lucro cesante, sobre la compensación, hablarlo todo lo que forma parte de la Propiedad Intelectual. “Ese debate todavía no se ha producido”. Y ya tenemos una nueva norma.

¿Qué salvaría de la reforma de la LPI? “Incidir en la fiscalización de las entidades de gestión de derechos de autor. Además, se posibilita la ruptura del monopolio. Es probable que una entidad de gestión alemana empiece a operar en España en breve”. Arremete contra la “tasa Google” porque es un derecho irrenunciable a favor de las cabeceras, no de los periodistas. “Además, es una tontería decir que se va a tener que pagar por enlazar”, añade. Sea como sea, tiene la impresión de que no importará la reforma de la LPI que se plantee, siempre recibirá críticas. “Porque dicen que internet se autorregula…”.

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Acerca de David García Aristegui

David García Aristegui nació en 1974 y es Licenciado en Ciencias Químicas (Bioquímica) por la Universidad Complutense de Madrid. Publicó el libro ¿Por qué Marx no habló de copyright? (Enclave de Libros) en 2014, y desde entonces desgrana sus pensamientos a través de sus ya habituales artículos críticos en varios medios de comunicación. Destaca entre sus textos el capítulo sobre SGAE en CT o la Cultura de la Transición (DeBolsillo, 2012) o el prólogo para Criminales del copyright (Hoja de Lata, 2014). Fue el creador de uno de los pocos programas dedicados en exclusiva a la propiedad intelectual, Comunes. Actualmente imparte la asignatura de Propiedad Intelectual en el Grado de Creación Musical en la Universidad Europea de Madrid; colabora en Barrio Canino, realizado desde Ágora Sol Radio, y con los colectivos Ciencia Para el Pueblo y la Unión de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. Su último trabajo ha sido el autoeditado Sin mono azul. Breve historia del sindicalismo en el trabajo cultural (1899-2015) y en el 2017 se publica, junto a Ainara LeGardon, SGAE: el monopolio en decadencia.
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