La muerte de la cultura libre en contexto

“why is it always the guys with cushy and secure jobs who tell you tveedle de dee, ideas should be free, and patents and copyrights are selfish?”

“¿por qué son siempre los tipos que poseen los empleos más cómodos y seguros los que te dicen que si tralalí, tralalá, que las ideas deberías ser gratuitas y que las patentes y copyrights son egoistas?”

Ted Nelson – Computer Lib/Dream Machines (1974)

NOTA: esta entrada es la continuación del debate planteado en La cultura libre nos hace malos y malas.

Año 1968, el mundo ardía. El mayo francés, la primavera de Praga, la matanza de la plaza de Tlatelolco en México, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, la Guerra de Vietnam y las protestas más fuertes contra la masacre… todo sucedió ese año. Una nueva izquierda politica y cultural parecía emerger: los Situacionistas en Francia y los Yippies en EEUU. Una de las coincidencias más notables de estos dos grupos es que comenzaron siendo de los primeros colectivos críticos con la propiedad intelectual. Anticiparon algunos elementos de lo que luego se llamaría cultura libre, aunque posteriormente sus miembros más destacados acabarían viviendo casi exclusivamente de sus derechos de autor.

No es algo raro, Eric J. Hobswam recordó en su texto Mayo del 68 que las revoluciones de ese año supusieron un magnífico revulsivo para la industria editorial, como ha pasado recientemente en España con el 15M o incluso Podemos:

Probablemente no haya habido jamás ningún movimiento revolucionario protagonizado por un porcentaje mayor de personas que leen o escriben libros, por consiguiente, no es nada sorprendente que la industria editorial francesa se abalanzara para satisfacer una demanda aparentemente ilimitada. A finales de 1968 habían aparecido por lo menos cincuenta y ocho libros sobre los hechos de mayo.

En el caso de los Situacionistas, pasaron de publicar con el aviso “Tous les textes publiés dans ‘INTERNATIONALE SITUATIONNISTE’ peuvent être librement reproduits, traduits ou adaptés même sans indication d’origine” a el caso de Guy Debord, que decidió casarse poco antes de morir para que su pareja heredara los derechos de autor de sus obras. Los Yippies, en cambio, a pesar de esgrimir un discurso anti-copyright tuvieron una ambigua relación con éste ya desde sus primeros éxitos editoriales, como resume muy bien Robert Neuwirth en The Yippie Way of Ownership.

Los zombis también fueron protagonistas en 1968. Ese mismo año se estrenó La noche de los muertos vivientes de George A. Romero. El éxito de esta inquietante película y que entrara (por error) al dominio público desde su estreno sentaron las bases de toda la subcultura zombi, que llega con enorme vigor hasta nuestros días. El propio Romero reconoció que la película y la novela en la que se inspiraba respondían ambas al clima político de la época, aunque los orígenes de los zombis hay que buscarlos en realidad en las luchas contra la esclavitud.

¿Por qué recordar 1968? pues porque es relevante para contextualizar la cultura libre. El antecedente directo de ésta es el software libre, que fue impulsado a principios de los ochenta por Richard Stallman, muy influenciado por la contracultura posterior a 1968, como una respuesta a la progresiva mercantilización del software. Años más tarde Lawrence Lessig impulsó Creative Commons como respuesta a la progresiva extensión de los plazos de la propiedad intelectual en EEUU y el retroceso del dominio público. Stallman ahora se ha convertido en todo un icono contracultural y vive de dar charlas por todo el mundo, pero Lessig se desvinculó de las luchas relacionadas con la propiedad intelectual en el 2007. ¿Qué ha pasado?

Una pista nos la proporciona el libro de Siva Vaidhyanathan The anarchist in the library. En él Vaidhyanathan vaticinó que los conflictos en torno a la propiedad intelectual (en la época del libro Napster, Kazaa o Gnutella) eran como “el canario en las minas”: anticipaban el tipo de conflictos que se iban a producir en el seno del capitalismo tardío. Pero el propio autor ya anunciaba la pérdida de interés por la propiedad intelectual después del 11S, debido a todos los recortes de libertades y abusos que comenzaron a producirse después de los brutales atentados.

En Europa hemos vivido un proceso análogo en la pérdida de centralidad y relevancia de la cultura libre. Después de un breve momento de apogeo actualmente todos los Partidos Pirata se encuentran en retroceso electoral. Y en el caso específico de España, la eXgae luego X.net y ahora Partido X ha sufrido una evolución (consciente o inconsciente) calcada a Lessig, el padre de la cultura libre: de temas de propiedad intelectual han abrazado la regeneración democrática como actividad central.

Para finalizar, uno de los principales problemas de la cultura libre (si no el principal) es seguir bajo el influjo del software libre, algo que se está revelando como suicida. Es decir, seguir tratando los productos culturales como si fueran código o software, algo que cada vez es más evidente que no tiene ningún sentido. Una de las activistas más destacadas a favor de la cultura libre, Marga Padilla, resumía perfectamente este problema hace pocos meses en Las licencias libres para el software y la cultura, más allá de lo jurídico:

en la producción cultural no hay comunidades complejas que pongan en cooperación lo grande y lo pequeño. El reverso de esta ausencia de comunidad es que los réditos económicos del copyleft no se distribuyen ni poco ni mucho, puesto que en la práctica son acaparados por los fuertes (aunque esos fuertes venden la mentira de que si eres genial, tanto como ellos lo fueron, siempre podrás triunfar, igual que ellos lo han hecho). Esa dificultad, casi imposibilidad, para distribuir los réditos es lo que justifica que las licencias CC permitan proteger la cultura libre bajo la clausula No Comercial, algo impensable para el software libre y que hace que, bajo un juicio estricto, estas licencias no puedan ser consideradas libres. Eso de que : “si cualquiera puede usar mis fotos, ¿de qué voy a vivir yo, que soy fotógrafa?” no hace más que señalar esta dificultad tan injusta. Y es que no imagino un modelo económico viable para, por ejemplo, una comunidad en la que grandes agencias de periodismo gráfico y periodistas freelance o amateurs compartan un archivo gráfico procomún que dé oportunidades económicas para todos o distribuya de alguna manera los beneficios o las rentas. […]

A mi entender, la diferencia grande entre el software con su GPL y la cultura con su CC consiste en que el software es un código y las producciones culturales no. Que el software sea código significa que su puesta en solfa todavía requiere mucho conocimiento, parecido a las destrezas que se requieren para pasar de una partitura musical (código) a su interpretación. La diferencia entre GitHub y Flickr no está tanto en las plataformas en sí como en el tipo de contenido que albergan. Requiere más conocimiento poner a funcionar un código bajado de GitHub que utilizar una foto de Flickr.

Puede que para avanzar haya que desandar lo andado. Revisar algunas prácticas y conceptos. Recuperar a autores que puede que nos den pistas. Uno de ellos es Antonio Gramsci (el siguiente párrafo viene directamente de la lectura de ¿Qué es la cultura popular?). Este pensador nos recordó que todas las personas son en realidad intelectuales, un ejercicio de antielitismo poco habitual. Que todo trabajo cultural se hace en unas condiciones y unas relaciones sociales concretas, ya que la cultura (ni siquiera la cultura libre, añadimos) no es ahistórica, la creación no se produce en “un ámbito democrático abstracto, sino dentro de procesos históricos tradicionales muy concretos”. Si eso no se tiene en cuenta se repetirán los errores de FLOK, como reconoció el propio Michel Bauwens.

A lo mejor para avanzar tenemos que dejar de utilizar términos oscuros y excluyentes como copyleft, creative commons, procomún o cultura libre y volver a los parámetros de hegemonía, cultura popular y folclore, o las equivalentes que se usen en cada país o territorio. Releer a Gramsci pero también Los dominados y el arte de la resistencia de James C.Scott. Y hablar más de la necesidad de espacios imprescindibles como son las bibliotecas públicas y menos de las licencias de los libros que hay (o que, por desgracia, no hay) en esas bibliotecas.

La muerte de la cultura libre, tal y como la entendíamos (anglosajona, vinculada a una fe ciega en el mercado y de clara impronta neoliberal), no tiene por qué ser una mala noticia.

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Acerca de David García Aristegui

David García Aristegui nació en 1974 y es Licenciado en Ciencias Químicas (Bioquímica) por la Universidad Complutense de Madrid. Publicó el libro ¿Por qué Marx no habló de copyright? (Enclave de Libros) en 2014, y desde entonces desgrana sus pensamientos a través de sus ya habituales artículos críticos en varios medios de comunicación. Destaca entre sus textos el capítulo sobre SGAE en CT o la Cultura de la Transición (DeBolsillo, 2012) o el prólogo para Criminales del copyright (Hoja de Lata, 2014). Fue el creador de uno de los pocos programas dedicados en exclusiva a la propiedad intelectual, Comunes. Actualmente imparte la asignatura de Propiedad Intelectual en el Grado de Creación Musical en la Universidad Europea de Madrid; colabora en Barrio Canino, realizado desde Ágora Sol Radio, y con los colectivos Ciencia Para el Pueblo y la Unión de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. Su último trabajo ha sido el autoeditado Sin mono azul. Breve historia del sindicalismo en el trabajo cultural (1899-2015) y en el 2017 se publica, junto a Ainara LeGardon, SGAE: el monopolio en decadencia.
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2 respuestas a La muerte de la cultura libre en contexto

  1. Pingback: Ulabel.cc - Copytext. La muerte de la cultura libre en contexto

  2. suicidioelectronico dijo:

    Es un post muy interesante para el entendimiento de la cultura libre y su re fundación pensando en el momento historico actual.

    Me gusta

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