¿Dominio público para los autores o para los editores?

En el emocionante obituario al escritor Ángel María de Lera aparecido en El País en 1984 podemos leer (las negritas son nuestras):

“Como presidente de la Asociación Colegial de Escritores -de la que también fue fundador-, Ángel María de Lera ha sido el escritor que más se ha preocupado de los escritores”, según Jesús Torbado, quien participó con una ponencia en el último congreso de la Asociación, celebrado en Sigüenza, Guadalajara, dedicado a la defensa de los derechos de autor. A Lera le afectaba profundamente la vida de los escritores viejos que estaban en la miseria. “Metiéndose en todas partes, incordiando, logró crear una mutualidad de escritores. Todos los autores debemos estarle agradecidos”.

La defensa de la propiedad intelectual y de los derechos de autor fue el caballo de batalla del escritor nacido en Baides (Guadalajara) el 7 de mayo de 1912. En palabras de Juan José Alonso Millán, presidente de la Sociedad General de Autores de España (SGAE), la postura contraria de Lera a la ley de propiedad intelectual se modificó posteriormente, aceptando el proyecto que está a punto de discutirse en el Parlamento. Para Millán la coincidencia era absoluta entre los fines de la Asociación de Escritories y la SGAE, una coincidencia afectiva”.

Lera había propuesto que las obras de dominio público no se convirtieran en realidad en obras de dominio de los editores. Para ello pedía que un 2% de los beneficios obtenidos con la publicación de obras como El Quijote revirtieran en la mutualidad de escritores.

Las propuestas para un dominio público bajo determinadas condiciones no fueron un invento de Ángel María de Lera. El malogrado Ezra Pound hizo una peculiar propuesta a principios del siglo XX favor de una propiedad intelectual perpetua (fragmento de Criminales del copyright de próxima aparición en Hoja de Lata):

la propuesta maximalista de Pound contenía tres principales limitaciones […]. En primer lugar, es responsabilidad de los herederos de un autor mantener el libro publicado; si no responden, a las peticiones de licencia dentro de un plazo de tiempo razonable, de lo contrario pierden su copyright en dicha jurisdicción. En segundo lugar, deben publicar en un país dentro de un período de tiempo razonable, de lo contrario pierden su copyright dentro de dicha jurisdicción. En tercer lugar, una vez que el libro ha tenido éxito, los editores de la competencia pueden ofrecer al gran público una versión económica a cambio de un royalty estipulado que se ha de pagar al autor.

La polémica en torno al dominio público fue determinante en la renovación de las críticas al copyright. Lawrence Lessig, autor del libro que dio nombre al movimiento Cultura libre decidió crear las licencias Creative Commons en 2004, al no conseguir revertir la llamada Sonny Bono Copyright Term Extension Act de 1998 (llamada así en homenaje a la antigua pareja de Cher, en esos momentos miembro del Partido Republicano y a favor de la extensión del copyright).

Esta ley aumentó de manera retroactiva en 20 años la protección de las obras después de la muerte del autor, 70 años en total en caso de autores individuales y hasta 120 años en caso del copyright corporativo (como sucedió con los personajes de Disney). Lessig intentó desafiar esta ley en los tribunales defendiendo al editor Eric Eldred, que deseaba publicar en internet materiales que antes de los cambios estaban en dominio público. En el 2003 los tribunales confirmaron la extensión del copyright, y un año después nacía Creative Commons, impulsada por Lessig, Eldred y otros activistas que estaban en contra de como había quedado regulado el copyrigt en EEUU.

¿El dominio público debe favorecer únicamente a los editores o de alguna manera deberían revertir algo de los beneficios económicos a la comunidad de escritores? Esa es la pregunta que lanzó Ángel María de Lera y que a día de hoy sigue sin contestarse.

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Acerca de David García Aristegui

David García Aristegui nació en 1974 y es Licenciado en Ciencias Químicas (Bioquímica) por la Universidad Complutense de Madrid. Publicó el libro ¿Por qué Marx no habló de copyright? (Enclave de Libros) en 2014, y desde entonces desgrana sus pensamientos a través de sus ya habituales artículos críticos en varios medios de comunicación. Destaca entre sus textos el capítulo sobre SGAE en CT o la Cultura de la Transición (DeBolsillo, 2012) o el prólogo para Criminales del copyright (Hoja de Lata, 2014). Fue el creador de uno de los pocos programas dedicados en exclusiva a la propiedad intelectual, Comunes. Actualmente imparte la asignatura de Propiedad Intelectual en el Grado de Creación Musical en la Universidad Europea de Madrid; colabora en Barrio Canino, realizado desde Ágora Sol Radio, y con los colectivos Ciencia Para el Pueblo y la Unión de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras. Su último trabajo ha sido el autoeditado Sin mono azul. Breve historia del sindicalismo en el trabajo cultural (1899-2015) y en el 2017 se publica, junto a Ainara LeGardon, SGAE: el monopolio en decadencia.
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2 respuestas a ¿Dominio público para los autores o para los editores?

  1. Nat dijo:

    Vivir de una obra toda la vida e incluso tus herederos y los herederos de tus herederos es rentismo puro y duro. Por otra parte el autor produce una obra, fruto íntegro de su trabajo, que luego tendrá o no demanda en el mercado y que tendrá por lo tanto o no valor de cambio y que estimará pues en función del tiempo de trabajo invertido, de los costes que haya tenido, de sus necesidades, de las ofertas que reciba, etc ( en este caso al no haber competencia, ni haber reproducción de bienes de forma indefinida no operaría la teoría del valor trabajo pero tampoco la errónea teoría de la utilidad marginal, sería algo digamos arbitrario aunque con algunas determinaciones) . Pero lo que se produce en cadena posteriormente y se vende en las tiendas no es la obra del autor , sino una copia o reproducción de esta. Si Rodin hace una escultura, está tiene un valor determinado si alguien la compra, pero las copias o reproducciones de esa obra vendidas en las tiendas es otra cosa, otra mercancia.

    Respecto a un artículo que enlazaste el otro día;

    Las obras audiovisuales no son inmateriales, son indesligables de un soporte material, y su uso no es infinito o lo es tanto como cualquier otra obra no audiovisual. Cuando hablamos de uso, nos metemos en terrenos psicologistas, propios de la utilidad marginal, que no llevan a ninguna parte. Un reloj, un caramelo, unos zapatos, etc los puedo usar durante años y años ( además el uso que yo quiera, que no tiene porque ser el cotidiano) . Por eso no es de recibo querer cobrar un derechos de unas obras porque dice que tienen más usos. O compro la obra original o compró una reproducción, pero lo que no compro son derechos de uso, pues ya los tengo todos cuando la compro. ¿ O voy a tener que pagar por un libro que compré cada vez que lo lea? .

    Y una empresa capitalista puede estar a favor y en contra de los derechos de autor a la vez, perfectamente, a favor cuando le va bien y en contra cuando le perjudica. Así funciona el capitalismo de siempre respecto al derecho, ajustándolo a sus intereses económicos.

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    • Gracias por participar en el blog.

      A ver, planteas que “Vivir de una obra toda la vida e incluso tus herederos y los herederos de tus herederos es rentismo puro y duro”.

      Pero aquí no hablamos de eso. Hablamos de un 2% de las obras de dominio público para la comunidad de escritores o de la propuesta de Ezra Pound, que conjugaba los intereses de los herederos de los autores con precios accesibles a los libros, un tipo de propuesta nada habitual.

      Saludos y hasta pronto.

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